La Tierra

Datos clave
| Distancia media al Sol | unos 149,6 millones de km (1 UA) |
|---|---|
| Diámetro | unos 12.756 km en el ecuador |
| Masa | 1 masa terrestre, la vara de medir con la que se pesan los demás planetas |
| Duración del día | 24 horas (una vuelta respecto a las estrellas: unas 23,9 h) |
| Duración del año | unos 365,25 días |
| Lunas | 1 (la Luna) |
| Gravedad en la superficie | 9,8 m/s² (el valor de referencia, 1 g) |
| Rango de temperaturas | de unos −89 °C a 57 °C (mínima y máxima registradas) |
| Gases principales de la atmósfera | alrededor de un 78 % de nitrógeno, un 21 % de oxígeno y un 1 % de argón |
En resumen
- La Tierra es el único mundo que conocemos con agua líquida en su superficie y con vida.
- Su atmósfera y su campo magnético trabajan juntos para que la superficie sea templada y esté protegida.
- La Luna provoca las mareas y ayuda a mantener estable la inclinación de la Tierra durante largos periodos.
- Las estaciones se deben a la inclinación de 23,4° de la Tierra, no a cambios en su distancia al Sol.
- Decenas de satélites vigilan la Tierra cada día y siguen el tiempo, el hielo, los océanos y la tierra firme.
Un planeta distinto a todos los que conocemos
La Tierra es el tercer planeta desde el Sol y el mayor de los cuatro planetas rocosos. Vista desde lejos es una pequeña bola azul y blanca, pero de cerca es el único lugar del universo donde hemos confirmado la existencia de vida.
Pensar en la Tierra como un planeta más entre ocho ayuda a entender qué la hace especial. Muchas de sus características existen en otros lugares de alguna forma. Lo raro es cómo se combinan aquí.
La Tierra es además el planeta más denso del sistema solar. Su pesado núcleo de hierro, su manto rocoso y su delgada corteza se ordenaron en capas al principio de su historia, cuando el joven planeta aún estaba lo bastante caliente para estar parcialmente fundido.
Por qué la Tierra puede albergar vida
La Tierra orbita a una distancia en la que la luz solar es lo bastante intensa para mantener el agua líquida, pero no tanto como para que hierva y se evapore. Los astrónomos llaman zona habitable a esta franja alrededor de una estrella, es decir, al rango de distancias en el que el agua superficial podría seguir siendo líquida.
Alrededor del 71 por ciento de la superficie está cubierta por océanos. El agua almacena calor, lo reparte por el planeta y disuelve las sustancias químicas que necesitan los seres vivos.
Esos océanos contienen cerca del 97 por ciento de toda el agua de la Tierra y tienen una profundidad media de unos 3,7 km. Casi todo el resto está atrapado en casquetes polares y glaciares, y solo una pequeña parte está en ríos, lagos y en el aire. La luz del Sol, que tarda unos 8 minutos en llegarnos, impulsa el ciclo que mueve esta agua entre el mar, el cielo y la tierra.
La Tierra también es geológicamente activa. La tectónica de placas, el lento movimiento de enormes bloques de corteza, recicla el carbono entre las rocas, los océanos y el aire. A lo largo de millones de años esto funciona como un termostato que evita que el clima derive demasiado hacia la congelación o el sobrecalentamiento.
La propia vida ha cambiado el planeta. Diminutos organismos marinos empezaron a liberar oxígeno mediante la fotosíntesis hace más de 2.000 millones de años, y poco a poco llenaron el aire del gas que hoy respira la mayoría de los animales.
Capas de aire y un escudo invisible
La atmósfera está formada sobre todo por nitrógeno y oxígeno, con pequeñas cantidades de argón, dióxido de carbono y vapor de agua. Su capa más baja, la troposfera, llega hasta unos 8 a 15 km de altura y contiene casi todo nuestro tiempo meteorológico.
Por encima está la estratosfera, donde se encuentra la capa de ozono, que absorbe gran parte de la dañina luz ultravioleta del Sol. Más arriba aún vienen la mesosfera, donde se queman la mayoría de los meteoros, y después la termosfera y la tenue exosfera, que se difumina en el espacio.
En lo más profundo, el núcleo externo de hierro líquido de la Tierra se mueve y genera un campo magnético. Este campo desvía la mayor parte del viento solar, una corriente de partículas cargadas que viene del Sol. Cuando algunas de esas partículas se cuelan cerca de los polos, iluminan el cielo en forma de auroras.
La atmósfera actúa además como una manta. Gases como el dióxido de carbono y el vapor de agua retienen parte del calor que desprende el suelo. Sin este efecto invernadero natural, la temperatura media de la Tierra rondaría los −18 °C en lugar de unos agradables 15 °C.
El trabajo silencioso de la Luna
Nuestra Luna es inusualmente grande en comparación con su planeta: mide cerca de una cuarta parte del ancho de la Tierra. Su gravedad tira de los océanos y crea dos abultamientos de agua que vivimos como mareas altas y bajas, más o menos dos veces al día.
La Luna también estabiliza la inclinación de la Tierra. Sin ella, el ángulo del eje terrestre podría oscilar mucho más a lo largo de millones de años, con cambios climáticos más bruscos. La Luna se aleja poco a poco, unos 3,8 cm al año, así que esta relación cambia muy lentamente.
La Luna además frena un poquito el giro de la Tierra mediante la fricción de las mareas. Hace cientos de millones de años, un día duraba solo unas 21 o 22 horas.
La Luna está de media a unos 384.400 km. Esa distancia es tan grande que todos los demás planetas del sistema solar cabrían en ella uno al lado del otro. Aun así, la atracción de la Luna es lo bastante fuerte para dejar cada día una huella visible en nuestras costas.
Las estaciones vienen de la inclinación
El eje de la Tierra está inclinado unos 23,4 grados. Mientras la Tierra recorre su órbita alrededor del Sol, primero un hemisferio y luego el otro se inclinan hacia el Sol, con días más largos y una luz más directa. Eso es el verano; inclinarse en sentido contrario trae el invierno.
Una creencia muy extendida es que las estaciones se producen porque la Tierra se acerca o se aleja del Sol. La distancia cambia un poco, pero en realidad la Tierra está más cerca del Sol a principios de enero, durante el invierno del hemisferio norte.
Cerca del ecuador, el Sol se mantiene alto todo el año, así que allí las estaciones son suaves y a menudo se definen por las lluvias más que por la temperatura. Cerca de los polos, la inclinación produce meses de luz en verano y meses de oscuridad en invierno.
La Tierra vista desde el espacio
El 24 de diciembre de 1968, la tripulación del Apolo 8 vio salir la Tierra sobre el horizonte gris de la Luna. El astronauta Bill Anders tomó una foto hoy conocida como Earthrise (Salida de la Tierra), que mostró a mucha gente por primera vez lo pequeño y aislado que parece nuestro planeta.
En 1990, mientras la Voyager 1 se dirigía hacia fuera del sistema solar, giró su cámara hacia atrás desde unos 6.000 millones de km de distancia. En esa imagen, la Tierra es un único punto tenue, de menos de un píxel de ancho. Carl Sagan la llamó el Punto Azul Pálido y la usó para reflexionar sobre todo lo que compartimos en esa diminuta mota.
Los astronautas de la Estación Espacial Internacional, a unos 400 km de altura, ven la delgada atmósfera de la Tierra como una estrecha línea luminosa sobre el horizonte. Muchos describen esa imagen como un recordatorio de lo frágil que es en realidad nuestro escudo de aire.
Estudiar nuestro planeta desde la órbita
Hoy la NASA, la ESA y otras agencias mantienen flotas de satélites de observación de la Tierra. Algunos, como la serie Landsat, fotografían la superficie terrestre desde 1972, lo que permite a los científicos comparar bosques, ciudades y costas a lo largo de décadas.
Otros satélites miden el nivel del mar, la temperatura del océano, el grosor de las capas de hielo, las lluvias y los gases del aire. Los satélites meteorológicos envían imágenes cada pocos minutos, y por eso las previsiones pueden seguir las tormentas mientras se forman.
Esta vista desde arriba convierte la Tierra en un planeta que podemos estudiar como cualquier otro, con una gran diferencia: vivimos aquí, y las mediciones nos ayudan a cuidarlo.